
Tal vez la melancolía que desprende tu mirada,


Derramas tu blancura por la verde ladera,
Audaz María Sagredo, doncella a quien no amendrentó las varoniles ausencias para defender la plaza de Alozaina del asalto morisco.
Viendo a Don Martín Domínguez, tu padre, caído de un aciago y cruel escopetazo moro, fruto de las iras de la rebelión y de quien recogiste capotillo, celada, ballesta y aljaba, supiste defender el portillo, encaramada al muro, cual decidido y aguerrido aladid dando muerte a un moro, y a otros muchos avistastes caer lacerados por tus saetas o emprendiendo una alocada huida ante la pertinaz y despavorida embestida de los enjambres de abejas, que manaron de las colmenas que como balas lanzadas desde inexistentes bombardas arrojastes con pericia y soltura que te hicieron merecedora de los reconocimientos de los consejos de su majestad te hiciesen merced de unas haciendas de moriscos en Tolox para tu casamiento.
Inexpugnable quietud que transmite a mi alma